Filmada cuatro años después de la optimista Qué bello es vivir de Frank Capra, la obra maestra del cine negro de Billy Wilder es un retrato del lado amargo de Hollywood. Y aún va más allá, revelando el cinismo y la cruda realidad de Estados Unidos a finales de la década de 1940.

La historia es simple: En Hollywood, un desencantado escritor de poca monta ayuda a una eclipsada estrella de cine a escribir un guion que reviva su carrera de forma espectacular. El escritor termina flotando boca abajo en la piscina de la estrella. No le estoy aguando la experiencia a nadie, así es como empieza la película, trágicamente. Y así es como acaba.

Pero paralelos al hilo central de la megalomanía desesperada y llena de rencor de Norma Desmond, hay muchos momentos esperanzados e incluso joviales, en que Joe Gillis (el desafortunado protagonista y el mejor papel en la carrera del actor William Holden) olvida el infierno en que se encuentra y se permite el lujo de enamorarse y vislumbrar un futuro prometedor. Un futuro al que no tarda en renunciar al darse cuenta de que, si quiere salvar a la chica (personificación de esperanza, vitalidad y normalidad), debe ofrecerse en sacrificio a la pomposa y avarienta vanidad del pasado muerto.

Yo soy grande. Las películas son las que se quedaron pequeñas.

Desde el principio, los espectadores entran en el Hollywood estancado creado por Wilder. Quedan atrás las décadas doradas de los 20, los 30 y los 40, y Hollywood se pregunta cuándo volverá a pasar su tren, ahora que el Tío Sam ha ganado la guerra pero no sabe por dónde tirar. Con cruel audacia, Wilder elige para el papel protagonista a Gloria Swanson, una genuina estrella eclipsada del cine mudo, como su personaje en la película. ¿Se daría cuenta Swanson de la ironía o estaba tan desesperada por regresar a escena que no alcanzó a ver en qué se metía? También hay apariciones breves de viejos conocidos (Buster Keaton, Erich Von Stroheim), como efigies de otra era en el decadente glamur del mundo de Norma, arrinconadas en un tramo olvidado de Sunset Boulevard.

Esta película es genial en cuanto a personajes, argumento, ritmo y dirección. Y también es genial visualmente.

Esta película es genial en cuanto a personajes, argumento, ritmo y dirección. Y también es genial visualmente.

La casa de Norma es una hipérbole de una mansión de Hollywood, repleta de lujos obsoletos y polvorientos, desde el coche importado a la decoración de estilo italiano, y enfatiza el tono del perverso panegírico de Wilder. Tiene fantásticas frases y algunos momentos verdaderamente humorísticos y morbosos: por ejemplo, la escena en que Joe entra en casa de Norma y lo confunden con el empleado de la funeraria que debe llevarse al adorado chimpancé de Norma, que Joe descubrirá ‘de cuerpo presente’ en la habitación de la dueña.

En este cuento de Hollywood, no hay nada deslumbrante, solo su fondo amargo, a la vista de todos. Y todos deberíamos ver la película, y adorarla y disfrutar con ella porque al cerrarse la era del cine negro en Hollywood, a mediados de los 50, los musicales volvieron a ponerse de moda. Sonrían por favor.

Publicación de Amelia Morrey, Cambridge